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Una población civil asediada por la guerra

Niño bereber, de la serie ‘Marruecos’ / Fotografía: Alex Basha

No es de extrañar que uno de los temas actuales más presentes en Europa sea la crisis de los refugiados sirios. Tal es la magnitud del asunto que, desde la Segunda Guerra Mundial, puede considerarse la “peor crisis humanitaria de nuestra generación”, tal como la describe Antonio Guterres, Alto Comisario de las Naciones Unidas para los Refugiados. Más de cuatro millones de personas han abandonado sus hogares para huir de la guerra y buscar asilo y prosperidad en Europa, y más de trece millones permanece en estado de constante vulnerabilidad.

La crisis de los refugiados -término hoy día controvertido que, de acuerdo con la Convención Internacional de Refugiados de 1951 se utiliza para describir a “cualquier persona quien, debido a un miedo fundado o que es perseguida […] está fuera de su país de nacionalidad y no puede, debido a ese temor, o no está dispuesto a hacer uso de la protección de esa nación”- viene precedida por unos hechos que marcarían para siempre la historia de Oriente Próximo. Estos acontecimientos están íntimamente relacionados con la Primavera Árabe, que sirve para explicar las causas que, a posteriori, motivan al pueblo sirio a abandonar su país.

El detonante: la Primavera Árabe

El 17 de diciembre de 2010, junto a la sede del Gobierno Civil de Túnez en la ciudad de Sidi Bouzid, un joven de 26 años de edad se inmolaba “a lo bonzo” en forma de protesta contra la corrupción y el paro. En palabras de la ciberactivista tunecina Lina Ben Mhenni, recogidas por El País, “hartos de los 23 años de dictadura, corrupción y de la falta de libertad de expresión” (2012) se desatan una serie de protestas en busca de la democracia, primero en gran parte del país -la Revolución de los Jazmines, que acabará con el derrocamiento del dictador Zine El Abidine Ben Ali- y, después, en Egipto, Libia y Siria, principalmente.

El 25 de enero de 2011, Egipto se suma a las protestas contra la corrupción del gobierno de Hosni Mubarak. Tras 18 días, el presidente egipcio, que había ocupado el gobierno desde 1981, abandona el cargo. El 17 de febrero de ese mismo año se inician en la ciudad de Bengasi las revueltas que agitarían Libia y terminarían con la muerte de Muamar el Gadafi y su hijo en manos rebeldes, poniendo fin a una dictadura de más de 40 años. La Primavera Árabe afectaría también a países como Yemen, Jordania, Marruecos o Arabia Saudí, pero su transgresión fue menor.

Uno de los países más afectados por la Primavera Árabe ha sido Siria. Retrocediendo en el tiempo, podemos comprobar que la historia de Siria como país es relativamente reciente. Tras la derrota del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, se firma el Tratado de Paz de Sèvres, de 1920, donde éste acordaba ceder territorios al bando ganador. Con el pacto entre Francia e Inglaterra -el acuerdo de Sykes-Picot-, Siria se convierte en un mandato administrado por Francia en nombre de la Sociedad de Naciones, que alcanzará su independencia real tras la Segunda Guerra Mundial, en 1946.

Hasta 1970, el país experimentó numerosos golpes de estado, acabando en manos del gobierno autoritario de Hafez al-Assad, continuado por su hijo Bashar al-Assad tras la muerte de su padre en el año 2000. La llegada de Bashar al-Assad al poder suponía para la población siria una esperanza de cambio respecto al régimen anterior. Sin embargo, “las esperanzas de apertura democrática…no tardaron en desvanecerse, mientras que la liberalización de la débil economía, de lo más cautelosa, tampoco trajo bienestar material a la población” (Ortiz de Zarate, 2011).

En 2011, las protestas en Oriente Medio se extienden también a Siria, donde el país, reprimido por el gobierno de al-Assad, estalla en una guerra civil. Tras la represión, estallan los enfrentamientos por parte de las Fuerzas Armadas de Siria, del gobierno de al-Assad, y la oposición revolucionaria -Coalición Nacional para las Fuerzas de la Oposición y la Revolución Siria-, “formada por grupos muy diferentes y con objetivos muy distintos” (Sicilia, 2013). Esto da pie a una guerra civil donde, además, entran en juego grupos terroristas como Al-Nusra o el Estado Islámico -EI, ISIS o Daesh-. Al igual que cualquier otra guerra civil, los conflictos que sacuden el país afectan directamente a sus habitantes, que sufren constantemente asedios sobre sus hogares, violaciones, secuestros, ejecuciones y una larga lista de crímenes de guerra. Además de todas estas injusticias, también están destinados a sufrir hambre, sed, frío y un sentimiento decadente con miras complicadas hacia el futuro; “los niños de cuatro años sólo conocen la guerra” (San Pedro, 2015).

En la actualidad, la situación en Siria es devastadora. Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH), a fecha de abril de 2016, se han superado los 310.000 muertos desde el comienzo, de los cuales 105.000 son civiles, más de 11.000 niños, alrededor de 30.000 desaparecidos y miles de miembros de las fuerzas del gobierno en manos de grupos rebeldes. No es extraño que los habitantes de Siria se vean obligados a marcharse de su país, dejando atrás su vida anterior. Cerca de dos millones y medio de personas son acogidas por Turquía, y más de 189.414 han conseguido llegar a Europa tras cruzar el Mediterráneo por diferentes rutas según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), a fecha de mayo de 2016. Los vecinos Líbano (1,1M), Irak (3,9M), Jordania (+600.000), Egipto (+115.000) y otros países del norte de África se reparten el resto, informa Amnistía Internacional en febrero de este año. La vía de entrada a Europa más usual es a través del Mediterráneo, pero también es la más peligrosa. En lo que va de año, más de 1.350 personas han muerto intentando llegar a las costas europeas, un 24% menos que el año pasado, donde se alcanzó la cifra de 1.792 fallecidos en el mar, según la OIM.

¿Qué está pasando en Europa?

El drama de los refugiados nos recuerda algunos de los hechos que ocurrieron entre España y Francia durante la Guerra Civil. Por contra, durante y tras ésta, la libertad de prensa -junto con el resto de libertades básicas de una democracia parlamentaria- no estaba garantizada. En términos históricos, la dictadura franquista supuso para el país un retroceso frente a los avances logrados durante la 2ª República. Los republicanos españoles, vencidos, sufrieron al igual que está ocurriendo en Siria, una persecución con terribles consecuencias. La política de Europa fue la de no intervención, traicionando así el presidente francés León Blum al bando republicano por temor a perder su alianza con Gran Bretaña y abrir una disputa con Hitler. Con el fin de evitar una guerra, se acabó firmando un Pacto de No Intervención, no respetado por los países fascistas, que apoyaron al franquismo desde el comienzo de la guerra civil. A consecuencia de esto y tras la caída de Cataluña en febrero de 1939, “más de medio millón de personas cruza los Pirineos en busca de asilo. Aproximadamente 150.000 de ellos son soldados que han combatido en el lado republicano y que serán muy mal acogidos porque ponen en riesgo una paz vergonzosa negociada con Hitler a base de concesiones” cuenta Javier Caamaño en su artículo Los españoles que huyeron de la guerra y acabaron en otra pesadilla.

El resultado es el mismo: una población civil constantemente acosada y perseguida, que se ve forzada al exilio, buscando otro lugar donde rehacer su vida con posibilidades, al igual que los refugiados de la guerra civil española que, sin embargo, acabaron en otra pesadilla. La respuesta del gobierno conservador de Édouard Daladier fue el cierre de la frontera y el desprecio a los refugiados españoles, desamparados y en una encrucijada con dos caminos: regresar al régimen que acabaría con sus vidas o aceptar la reclusión en verdaderos campos de concentración franceses, no habilitados para acoger a los refugiados, para acabar siendo “regalados” al nazismo.

La situación que lleva viviendo Siria desde el año 2011 empezó a vislumbrarse en Europa cuando enormes masas de personas llegaron, buscando asilo, al viejo continente. Hasta entonces, no existía demasiada conciencia de cómo esto podría afectar directamente a los habitantes de la UE. Mientras que pueblos y ciudades eran asediados día tras día por las diferentes fuerzas sirias, en Europa, el conflicto se manifestaba como uno de tantos otros del planeta. Esto cambiaría tras la aparición de la fotografía de un niño blanco, vestido con ropa occidental, ahogado en las costas de Turquía, que removería las conciencias de millones de europeos. Aún así, las cuotas propuestas para acoger resultarían ridículas. De los más de cuatro millones y medio de refugiados sirios, los países del primer mundo tan sólo han asilado a un 1,39%. Un total de 120.000 “plazas” (legales) para toda la UE que, en diversas situaciones, parecen brindadas con cierto recelo y temor hacia la etnia migrante. Una política “que no se moja” por miedo a verse salpicada por los conflictos de Oriente Próximo y que prefiere “devolver” a los migrantes a países vecinos. Citando a Javier Caamaño, “76 años después, se repite la Historia”.

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