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El ‘dark side’ de Internet

Imagínese, por un instante, caminando a solas en mitad del desierto. No lleva nada en los bolsillos; ni siquiera su documentación. Anda descalzo entre las dunas de arena, al atardecer, y es consciente de que no hay ningún ser humano a cientos de kilómetros a su alrededor. Imagine también haber tomado la decisión de no informar de su paradero a nadie, incluso de haber mantenido en secreto su plan de escape. Por un momento cree mantenerse a salvo de todo, lejos de cualquier vestigio de la civilización, pero no lo está. No está solo, y tampoco ha desaparecido, al menos no de la forma que le gustaría. Quizás se arrepiente, pero tampoco fue su decisión: forma parte de la Sociedad de la Información desde antes, incluso, de haber nacido.

Constituirse como una pieza más del entramado de la nueva sociedad de la tecnología es algo muy personal y delicado. Aventurarse y cruzar esa puerta marcará, sin que lo sepa, un antes y un después en su vida. Sin embargo, tampoco debemos engañarnos: desde que existe lo que llamamos Sociedad de la Información, todos y cada uno de nosotros, sin tomar la decisión, hemos pasado a formar parte de ella. Desde el momento en que nacemos, nuestra propia existencia pasa a registrarse en un ordenador en red como información, dentro de una “base de datos personal” -en pleno siglo XXI, inevitablemente digital-, comenzado a formar parte de lo que, en un futuro próximo, será el entorno natural de nuestras vidas. La sociedad -en términos puramente elitistas, sin contar con los excluidos de ésta- ha decidido por nosotros y nos ha otorgado un número de identificación; ha “creado un perfil” en la red social más elemental de todas.

Afortunadamente, pensadores como el sociólogo Armand Mattelart -con algunas disposiciones previas de Gottfried Wilhem o Blaise Pascal, entre otros- decidieron cuestionar el concepto desde sus principios, reconstruyendo los antecedentes para comprender el presente y coincidiendo en que su origen se encontraba en el cálculo y en la estadística, al servicio de la economía y el poder del Estado. Sin saberlo, la población se somete a una serie de procesos de clasificación y cuantificación, revelando al Estado -en toda su dimensión- los datos fundamentales que “debe” conocer. Desde el momento en que la información pasa a ser un recurso materializable y con potencial económico, la herramienta de control abriría sus puertas al poder financiero. La verdadera revolución que marcaría la nueva sociedad, a partir de la informática y las TIC’s, sería la puesta en red y la posterior dependencia de Internet. La red, junto con la estadística, posibilitaría gestionar de manera más sencilla la economía, la cultura, la sociedad y la política; todo ello a través del cálculo.

A medida que nos desenvolvemos en el seno de esta sociedad tecnológica y aceptemos el hecho de formar parte de la nueva Sociedad de la Información -difícilmente encontraremos otra opción-, debemos saber también que, en función de nuestro comportamiento y participación, estaremos o no cediendo más terreno a los diferentes poderes. Cada vez que aceptamos de manera indiscriminada los términos y condiciones de la gran mayoría de las aplicaciones informáticas, estamos ofreciendo gratuitamente la materia prima más cotizada del siglo XXI que vamos a ser capaces de producir: la información. Información de cualquier tipo, desde nuestros gustos musicales, nuestra comida favorita, la literatura que leemos e incluso nuestras preferencias sexuales. Todo ello parece algo relativamente fácil de asumir y de justificar, una vez que damos todo por hecho y nos refugiamos en el pensamiento de que “forma parte de la normalidad” -siempre que no tengamos “nada que ocultar”-. Pero ¿y si la información recopilada sobre nosotros fuese utilizada por las empresas para generar un mayor beneficio a nuestra costa? Pensarlo no es descabellado; estamos acertando.

El comercio de datos privados -y, en definitiva, de información- es una de las industrias con más beneficios en la actualidad. Los estudios sociales que realizan las compañías dedicadas a la publicidad son cada vez más exactos, puesto que ahora dichas empresas cuentan con información adicional precisa sobre lo que el consumidor desea “realmente”. Conocer de cerca a un posible cliente no sólo expande las posibilidades de venta, sino que además facilita la tarea de generar “falsas” necesidades. La industria de la que hablamos se organiza en forma de cadena desde los pilares de la red a través del data mining: los navegadores, haciendo uso de las cookies, proporcionan datos personales -una vez aceptadas las condiciones de uso- a empresas que pagan por espacios de publicidad, evitando éstas el algoritmo PageRank y obteniendo visibilidad. Todo ello genera una huella digital, fácilmente rastreable y de gran valor, que cedemos automáticamente. Apoyándose en estas herramientas, brindamos sin darnos cuenta a la nueva publicidad, al networking y al neuromarketing -capaces de adaptarse al individuo y no a las masas- unas capacidades de control enormes.

Por otro lado, la evolución de las políticas de privacidad de redes sociales como Facebook o Instagram gana terreno al usuario, al que convierte en ignorante mediante la falta de transparencia y la complejidad de las condiciones de uso que obligan a aceptar si decidimos ser partícipes. Una vez más, nuestra privacidad queda desprotegida y el uso de la información personal de cara a terceros es cada vez más abusivo. Empresas como Facebook, Twitter, Instagram o LinkedIn generan a diario una base de datos con información de todo tipo sobre el usuario. Aparece también otro de los dilemas fundamentales de esta nueva sociedad tecnológica: anteponer o no la seguridad a la privacidad. Las aplicaciones pueden ser utilizadas por los servicios de inteligencia para “proteger” al ciudadano de atentados terroristas, posibles individuos peligrosos o piratas informáticos, pero abrir las comunicaciones a los gobiernos también pone en peligro nuestros datos ante otros agentes.

En definitiva, es preocupante la evolución que la Sociedad de la Información ha experimentado, pero más aún cómo los valores de una red “libre y abierta”, construida entre individuos de todo el mundo, pueden haberse puesto en peligro por los intereses económicos de las empresas y los grupos de presión. Los gobiernos y los servicios de inteligencia avanzan poco a poco, haciendo uso de nuestra huella digital a su antojo. Como señala Javier Cremades, abogado y especialista en derecho de las telecomunicaciones, son los gobiernos los que deben establecer unas políticas de respeto a la privacidad para conservar los principios más básicos de la democracia. Por nuestra parte, como ciudadanos, tenemos la obligación de reclamar una regulación para preservar las bases del estado del bienestar; una tarea ardua, pero responsabilidad de todos. Empecemos por iluminar ese desconocido “dark side” de Internet.

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